Juan se iba por el río

Lun, 13/02/2017 - 13:15

Escribir sobre Juan Pablo es complicado porque de alguna manera había muchos Juan Pablos. Había un Juan Pablo arquitecto, al que le encantaba estar en la calle, en las plazas, hablar con los vecinos, socializar. Pero tambien había un Juan Pablo volcánico, impaciente, sin diplomacia que perdía los estribos en segundos, había muchos. Había un Juan Pablo atrapado en una guerra contra la diabetes, una guerra en la que cambiaba las reglas según el menú o las conveniencias, donde su motto era “lo bueno del dulce de leche con 50% menos de azúcar es que uno puede comer el doble...”

Entre todos estos Juan Pablos tuve la suerte de dar con uno que me devolvió algo que yo había perdido: conocí a Juan Pablo en su exilio, en 1981 en Barcelona. Yo tenía diez años y el era el hermano de Máximo, mi padre desaparecido en Tucuman en 1975. Pero éste era un tema del que en mi casa no se hablaba.

Habían transcurrido cinco años desde el secuestro de mi padre y todavía nadie se animaba a decirme la verdad. Juan Pablo fué la primera persona que me explicó lo que era un desaparecido y lo que era una dictadura, con puntos y comas... A Juan le debo el haberme dicho la verdad, sin vueltas. Como era él, intempestivo, torpe pero transparente. Esto aumentó las distancias entre mi casa y mi familia paterna.

Juan y yo volvimos a vernos quince años después en 1995. El visitaba Buenos Aires y yo con 25 años venía de dar el discurso de presentación de HIJOS en la Marcha de la Resistencia, en Plaza de Mayo. Esa vez nos hicimos amigos, porque nos unía esa historia, la búsqueda de justicia. Juan representaba para mí una pequeña ventana para ver y entender a esa generación argentina que la dictadura diezmó, la generación de mi padre, de los padres de mis amigos de HIJOS, de muchos de quienes están hoy aquí tal vez.

Revolviendo en cajas de fotos, Juan y yo encontramos una multa que le había hecho la policía de Barcelona a su madre Blanca por vender sanguches de matambre en la vía pública. Blanca, también exiliada en Barcelona, se ganaba la vida así, mientras reclamaba por la aparición con vida de su hijo. Para Juan esa multa era una medalla al valor, un motivo de orgullo.

Quizás heredado de su abuelo Alberto Gerchunoff, o quizás de su padre Nenú, Juan tenía el talento de saber contar una historia. Empezaba con detalles simpáticos de pueblos remotos, de personajes absurdos, con una sonrisa que anticipaba alguna anécdota seguramente inapropiada para estas circunstancias. Aquel puente que se había roto con la desaparición de mi padre fué de alguna manera reconstruido en sus historias de militancia, de universidad, de exilio y de la lucha por justicia.

Entre 1973 y 1976 Juan Pablo perdió a sus dos hermanos, a su padre y a su país. Juan Pablo respondió a la tragedia con años de trabajo en Cosofam y su militancia política. Pocas semanas antes de su muerte planeábamos organizar una campaña de firmas desde el exterior reclamando al gobierno de Jujuy por la libertad de Milagro Salas. Ese era el Juan que yo conocí.

Pero a Juan también le gustaba contar las historias de su Chaco natal, de siestas, de su adolescencia viajando por el rio Paraná en un barco maderero rumbo a Buenos Aires. Y más tarde historias de revoluciones fusiladoras en aquella Argentina de Renoletas y Citroëns 2cv...

Hay una anécdota sobre Juan que él no me contó, pero que me tocó vivir: durante un homenaje a los desaparecidos de la Universidad de La Plata nos invitaron a los HIJOS a preguntar por micrófono si se encontraban entre el público personas que hayan conocido a nuestros padres. Cuando llegó mi turno pregunté pero nadie en la sala recordaba a mi padre. Sin embargo poco después un nutrido grupo se acercó a saludarme y a preguntar cómo andaba Juan Pablo (quien nunca había estudiado en La Plata!)

Esta misma historia se repitió en distintas ciudades. Cuando viajé a Chaco buscando a amigos de infancia de mi padre (invitado por Mempo Giardinelli) terminé en asados ruidosos, rodeados de amigos y anécdotas increíbles de Juan. El límite del absurdo fué durante la presentación de mi libro en la embajada Argentina en Londres: al terminar, una pareja de ancianos se acercó a preguntarme si yo era pariente de un señor muy simpático llamado Juan Pablo, que vivía en Barcelona...

Juan no soportaba las medias tintas, las áreas grises. No tenía paciencia para los rituales... No soportaba las formalidades religiosas ni sociales. Si estuviese acá escuchando discursos y halagos estoy seguro que pondría su peor cara agonía y aburrimiento.

Con Juan se van muchas cosas, o quizás quedan en nosotros, en nuestros recuerdos. Cada uno llevará en su memoria un pedacito de él: el Juan militante, el padre, el abuelo, el marido, el amigo, el Juan familiero. El embajador no oficial de Argentina en Barcelona.

Yo debería llevarme al Juan tío, pero prefiero llevarme al hombre que durante tantos años buscó justicia para su hermano y para las víctimas del terrorismo de estado que asoló nuestro pais. Prefiero llevarme al compañero con quien compartía las noticias y la indignación de nuestra clase dirigente mostrando su lado oscuro otra vez.

Prefiero llevarme al contador de historias de esa Argentina de los sesentas y setentas, al de las cejas de dictador ruso, de mirada picante y cómplice, al tipo sin pelos en la lengua. Al Juancho Corleone, sentado en la cabecera de la mesa, rodeado de sobrinos, hijos, nietos... al tipo sólido que a pesar de las tragedias sabía reírse.

* Juan Carlos Jaroslavsky falleció en Barcelona el miércoles 8 de febrero. Era vicepresidente de la Comisión de Solidaridad de Familiares de Desaparecidos (Cosofam), creada por exiliados argentinos.

Fuente: Página 12
Por Andrés Jaroslavsky

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