El soldado y la desgracia

Dom, 14/05/2017 - 12:00

En el mundo del escolazo de la quiniela, el 12 es el soldado y el 17, la desgracia. Estas dos cifras son el piso y el techo de una pauta inflacionaria definida por el soldado macrista del Banco Central que está provocando desgracias en la economía real. El titular de la entidad monetaria, Federico Sturzenegger, tuvo un diagnóstico errado acerca de los motores del proceso inflacionario, aplicó entonces una política monetaria y cambiaria equivocada y, montado en el caballo de “cuidar su reputación ante el mercado”, persiste en una estrategia que se ha mostrado fallida. Ahora, cuando los resultados son esquivos, le agregó la cuota infaltable de manipulación y negación de la realidad: utilizará el índice de precios a nivel nacional que difundirá el Indec de Macri, estimando que se moverá por debajo del actual IPC, y además publicita que no existe una bicicleta financiera en el mercado local, fabulosa especulación promovida por la política de tasa de interés elevada y dólar planchado. Hay un límite entre la inoperancia e improvisación de funcionarios, en este caso provocadas por cuestiones ideológicas, y el ridículo. El equipo de Sturzenegger lo ha cruzado.

Los financistas disimulan y los banqueros se hacen los distraídos con los fiascos del Banco Central porque están haciendo unos negocios especulativos extraordinarios. En la city se sienten muy a gusto con el desempeño de la mesa de dinero de la entidad monetaria. Este centro de operaciones está comandado por la dupla Esteban Horacio Bertella, ex HSBC, y Agustín Collazo, ex Morgan Stanley. Los negocios así florecen para los financistas. Economistas del establishment hacen tenues críticas a la administración monetaria y cambiaria porque, además de acumular también ganancias con la bicicleta, comparten la concepción ortodoxa en el manejo del Central pero sin ser tan extremos como Sturzenegger gusta mostrarse.

Metas
La bicicleta financiera está rodando a toda velocidad Bancos y grandes operadores nacionales e internacionales pueden dar cuenta de las ganancias en dólares que han acumulado. Siguen muy activos en esa apuesta especulativa pese a que el Central niega la existencia de la bicicleta. Más que describirla resulta más relevante avanzar sobre el esquema analítico que la facilita. El marco es el sistema de “Metas de Inflación”. Este consiste en orientar la política monetaria exclusivamente a cumplir el objetivo de un rango de inflación predeterminado por el Banco Central y que es posteriormente informado a la sociedad.

La principal herramienta para alcanzar la meta es con la tasa de interés, variable que, de acuerdo a esa concepción, debe influir en el ciclo económico y, por lo tanto, en la tasa de inflación. Parece tan sencillo en el laboratorio teórico que puede ser que esa enunciación provocara que el entonces candidato y hoy presidente Mauricio Macri se animara a decir que el problema de la inflación era “fácil de resolver”. No lo fue ni lo está siendo para el gobierno: la inflación 2016 fue de 41 por ciento, duplicando la del último año del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, y la del primer cuatrimestre de este año alcanzó el 9,1 por ciento, que anualizada trepa al 29,9 por ciento.
Voceros oficiosos han empezado la tarea de informar que el gobierno ha elevado la pauta inflacionaria al 20 por ciento, descartando el techo del 17 por ciento. Como ya se hizo costumbre en funcionarios de la Alianza macrismo-radicalismo, prometen que en los próximos meses la situación económica mejorará y, en ese contexto, que la inflación descenderá. En varias ocasiones han adelantado sin éxito que el ciclo recesivo iniciaba su reversión, del mismo modo que el descenso de los precios.

Tasa de interés
Postular el régimen de Metas de Inflación colisiona con la realidad de economías como la argentina, donde las presiones de costos por la evolución del tipo de cambio y la intensa puja distributiva constituyen factores centrales de los procesos inflacionarios. Las Metas de Inflación es el ropaje moderno de las tradicionales políticas monetarias ortodoxas para las cuales la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. El Banco Central fija la tasa de interés en las colocaciones de deuda de cortísimo plazo, las famosas Lebac, con el objetivo de que ese nivel de tasas vaya influyendo en las decisiones de consumo e inversión del sector privado para que responda positivamente a las previsiones inflacionarias oficiales. Por eso, quienes promueven las Metas de Inflación dicen que es tan importante la “credibilidad” del Banco Central. Piensan que así van a convencer a los agentes económicos acerca de cuál será el horizonte inflacionario, minimizando el propio funcionamiento de la economía y de la causa-efecto de las medidas que implementan.

Con tasas de interés elevadas y apreciación del tipo de cambio, en caso de lograr un descenso de la inflación será a costa de afectar la actividad económica por la caída de la demanda. Esto se complementa con la apertura importadora, con un tipo de cambio que se mueve muy detrás de la tasa de inflación, para limitar los aumentos de precios. Es una estrategia que se sostiene con endeudamiento externo creciente y aumento de la vulnerabilidad externa por el movimiento de capitales especulativos.

Expectativas
En varias ocasiones la economía argentina fue manejada con políticas de raíz ortodoxa pero es difícil encontrar una con semejante nivel de alienación acerca de la dinámica de la economía, en general, y de la inflación, en particular. Un ejemplo de ese comportamiento es postular que el sistema de Metas de Inflación busca previsibilidad sólo con el anuncio de un rango de variación de los precios. Esta es la enunciación general que el vicepresidente del Banco Central, Lucas Llach, expuso en el 39° aniversario de la Fundación Mediterránea, en septiembre del año pasado. Afirmó que “en la medida en que ese rango o meta sea creíble y los actores económicos incorporen esa expectativa, no hay nada mejor para la actividad económica y el empleo que buscar con la política monetaria validar esas expectativas”. Intentó trasmitir esa idea en forma masiva a través de su cuenta personal en Twitter, aconsejando a fines de enero a los inquilinos que no convaliden una indexación de los contratos superior al 8,9 por ciento de inflación del segundo semestre, puesto que la meta del BCRA es del 12 al 17 por ciento para todo el año. Fue el hazmerreír en esa red social. El usuario @epursito le escribió el 21 de febrero: “Hola @lucasllach estoy buscando depto para alquilar y todos me aumentan entre 30 y 35 por ciento por año. ¿Qué hago? ¿Les muestro tu tuit? pic.twitter.com/ayy9ZCnbsW”. No recibió respuesta.

La teoría Llach sería la siguiente: el Banco Central fija una meta de inflación y como es creíble porque sus autoridades tienen buenos antecedentes académicos y profesionales, los agentes económicos les cree y, por lo tanto, actúan ajustando los precios a ese objetivo planteado. O sea, la cuestión inflacionaria es de ese modo “sencilla” de abordar porque sólo hay que convencer a la población de que la inflación bajará a una cifra determinada por el Banco Central. Esa estrategia no funcionó. La evolución de los precios en el primer cuatrimestre revela que los agentes económicos no le creen al Banco Central. El fenómeno de la inflación es un poco más complejo que el manejo de expectativas.

La “reputación” de las autoridades del Banco Central quedó herida. No sólo porque el rango de la inflación anual fue tirado al cesto, sino porque la cualidad que promueven de “independencia” en la gestión fue hecha añicos. Sturzenegger se resistió pero finalmente empezó a comprar dólares en el mercado por presión del Ejecutivo para evitar una mayor apreciación del tipo de cambio. También frenó el impulso de volver a subir la tasa de interés por el rechazo a esa medida del resto del equipo económico. Desde la Jefatura de Gabinete dejaron trascender además que modificaron las previsiones inflacionarias de este año. Ahora el techo de la tasa de inflación dejó de ser el 17 por ciento que fijo el Banco Central para subirla al 20 por ciento. Previsión que es otra muestra del marketing del deseo desarrollado por el oficialismo.
Por Alfredo Zaiat

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